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Con jolgorio recibí la noticia de la llegada a la capital chilena del Womad, festival que reuniría artistas de música folclórica y étnica de casi todo el mundo, era como ir a un Colombia al Parque pero en macro y de lugares donde alguna vez pensé, no podría ver en vivo a ninguno de sus artistas (y a un costo accesible). El festival por sus siglas en inglés justifica sus fines, World Music, Arts and Dance, es así como su eje es el world beat, las artes (populares) y el baile, es decir, un encuentro multicultural y vitrina para conocer otros sonidos; pero el Womad en particular y con similitud a los que promueve el Estado en nuestro país (los festivales al Parque en Bogotá, Altavoz en Medellín) o en Chile el mismo Lollapalooza (pero menos forzado) tienen un fin de convivencia, inclusión y tolerancia, en Chile no se habla de paz. Precisamente ese fue mi enganche al Womad, fue como volver a mi país, un festival multicolor: negros, indígenas y mestizos, de sabores picantes, dulces, ácidos y de sonidos como el tango, la diversidad afroamericana, la fusión latino-caribeña, lo andino, y por supuesto lo étnico, representado aquí por las comunidades del sur del continente: aymara, quechua y mapuche; un espacio para empezar a reconocer al otro con armonía y para reaprender.

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Una muestra de diversidad cultural que Chile necesitaba, y que el Alcalde de la localidad (o comuna) que lideró el proyecto declaró que “el desafío de ser absolutamente radicales y aprender a mirarnos entre iguales, es una invitación a hacer unidad en la diversidad”, de igual manera la Ministra de Cultura manifestó “el arte y la cultura permite acercarnos a esos temas difíciles que necesitamos abordar para la construcción de una sociedad inclusiva”. Chile representa en la actualidad un país objetivo del inmigrante (o migrante) global, pero donde especialmente se acepta con premura al inmigrante caucásico y no a su par sudamericano: boliviano, peruano, paraguayo y colombiano, viéndolos como inferiores; incluso muchos conciudadanos ven a sus propias pocas comunidades indígenas (o pueblos originarios) inferiores, que disimulan (o exterminan, caso Onas) con tanto poder que pareciese no existieran.

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Es verano, pero particularmente el sábado no estuvo caliente, más bien estuvo agradable. Acto seguido limonada de menta y tantear el sitio, que ya de partida parecía fabuloso por ser el perímetro al Cementerio General o lo más parecido al Cementerio Central. Desde la entrada se sentía ya la paz: nada de requisas rockalparqueanas, acertada decoración, bicinautas con entrada rebajada y grandes estacionamientos, todo debidamente señalado, comida y mucha música; al fondo se veía un primer pequeño escenario con una agrupación chilena con muchos integrantes llamada Transubhiriano que mezcla algo de electrónica sutil con mucho sonido étnico de mundo y una voz coral femenina muy presente. A mano derecha un sendero de venta de comida que sugería una plaza más grande al frente de la cúpula de la entrada principal al cementerio. En esa plaza más grande, con fardos de paja de trigo, carpas y con un escenario colorido, allí tocaría Systema Solar a las 11 de la noche. Al lado de la gran plaza y frente a la cúpula se apreciaba una construcción en forma de U con muchos arcos y salas donde estaban los medios de comunicación y otros comercios de artesanías y comida. Al rato tocaría Joe Vasconcellos y su increíble fusión de música latino-caribeña, más caribeña que brasileña percibí. De nuevo para el escenario pequeño, y sí que le quedo pequeño a la Fernández Fierro y al público, una orquesta típica de tango de 13 personas, o mejor “doce músicos más cantora”, una cantora agresiva, los 13 en el escenario toman mucho del formato metal para rasgarse la piel completamente: oscuros, salvajes, elegantes e impetuosos. Sus discos muy buenos pero su naturaleza son los en vivo, sentí una similitud con Apocalíptica pero en tango; muy recomendables para Rock al Parque o tal vez un Altavoz y un Manizales Grita, estos dos últimos escenarios más cercanos sentimentalmente al tango en nuestro país.

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Llega la noche con Vox Sambou, aquí la parte del festival donde conocí un nuevo género, el rasin, este está cantado en kreyol, al igual que los dos tipos que hay en nuestro país provienen de la mezcla de una lengua dominante y varias africanas; la mayor parte del concierto Vox explicaría en español la historia de su música haitiana, no del todo tocan rasin ya que lo mezcla con algo de hip hop y R&B, esto sí fue aprender de la fuente. Por hacer fila para otra actividad que no alcance, perdí el show de Mahotella Queens de Sudáfrica; esperar pacientemente la rápida prueba de sonido de los colombianos Systema Solar, la nueva música colombiana tropical. Después de tantos años, de pasar por el carente público de Lollapalooza en 2012, por fin vería a la Berbenautika en acción, solo dos palabras de emoción: ¡sabor y huepaje! Bonus track: ¿por qué tocaron solo 4 y sin visuales?

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!Hasta el próximo año!

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